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martes, 7 de abril de 2015

Mentiras de nuestros padres

¡Puff! Hoy me ha dado por mirar en las carpetas viejas. Sí, esas que se llaman “Relatos” así, en general, y no hay ni una sola etiqueta detrás. Y además está en un directorio que no miro nunca y... bueno, es algo así como un agujero negro pero me recuerda que hubo una época que escribía, escribía muchísimo. Y no solo novelas, tengo docenas de cuentos, de microrrelatos, de mil cosas que hacíamos en un foro de escritura en el que estaba metida. Ejercicios de escritura automática, concursillos, pequeños retos que nos poníamos para mejorar... Eran cosillas, a veces ponías un par de personajes y tenías que inventarte una situación, o poníamos una foto y teníamos que describirla. La verdad es que eran ejercicios guapos que daban relatos bastante resultones e ideas para aprovechar luego (era la época en la que participaba en mil concursos).

            Buscaba otra cosa la verdad (y no la he encontrado así que toca rebuscar en otro disco duro), pero viendo que tengo material para hacer mil actualizaciones, os dejo el resultado de uno de esos ejercicios (ahora no recuerdo de qué iba el asunto, creo que se trataba de hacer un microrrelato con la frase “el cielo es azul”).

Mentiras de nuestro padres

Dicen que el cielo es azul. Mienten.
            Alguien me dijo una vez que el cielo era azul porque reflejaba el mar. Menuda tontería. Si el cielo reflejara lo que sucede en el planeta sería rojo, rojo como la sangre derramada, como el fuego que lo arrasa todo. Sería gris, como la tierra quemada, como las vigas de hormigón que se alzan hasta el cielo. Sería negro, como el luto de las madres, como el vacío de nuestra alma. Sería marrón como los suelos yermos. Incluso podría creerme que una vez fue verde, pero no sería azul. No. No hay nada azul salvo tus ojos y por muy bellos que sean no pueden ser el reflejo del cielo.
            Los otros me dicen que soy un ignorante, que llevo demasiado tiempo en las profundidades de la tierra para recordar cómo es el cielo. ¿Y ellos sí pueden? Pueden recordarlo tanto como pueden respirar aire fresco: con la imaginación y en sueños.
            A veces, yo también creo que recuerdo el cielo azul. Puedo verme caminando entre la hierba: me llega hasta las rodillas y me hace cosquillas. Río. ¿Te lo puedes creer? Yo riendo; sin duda debe de ser un sueño. El aire fresco peina mi cabello y me inunda con un embriagador aroma a ¿flores? ¿melocotones? Es tan difícil darle nombre a un olor que nunca más podrás sentir…
            ¿Cuánto hace desde que todo acabó? Ya sabes a que me refiero: el mundo, ¿cuánto hace que murió? ¿Cuánto hace desde que nos vimos obligados a recluirnos en las entrañas de la tierra como ratas, como alimañas que huyen del mal que han causado? ¿Cuánto tiempo entre que tuvimos que escoger entre la muerte rápida o la agonía silenciosa? Pero seguimos vivos, y eso debería importar.
            Ya no queda nadie de los primeros. Lo que lo causaron todo, los que nos condenaron a la oscuridad por el mísero precio de nuestra supervivencia. ¿Recuerdas lo que nos enseñaron? ¿Lo recuerdas? Yo aprendí muchas cosas, la mayoría no estaban en sus libros: «Baja la cabeza, esconde la cola y desaparece en silencio. Reza porque el tiempo arregle lo que has roto y muere antes de ver la mirada acusadora en tus propios hijos»
            Eso es lo que no querían que aprendiéramos, pero eso es lo que aprendimos. ¿Sabes que fue lo que me dijo mi padre antes de morir?: «Avergüénzate de lo que hicimos y llora recordando lo que tuviste. Los que vengan tras de ti no conocerán el cielo. Diles que el cielo era azul»

FIN

martes, 24 de septiembre de 2013

De proyectos inacabados: Vampiro

Seguro que si eres jugador de rol me comprendes: cuando más gana la partida es cuando la explicas después de jugarla. En su momento son papeles, tiradas, dados... pero cuando lo explicas, son disparos, ideas maestras, golpes de magia, y todo lo que se te pueda ocurrir.
Hace tiempo, empecé a escribir la historia de mi personaje de Vampiro: La Mascarada. Era muy viejo pero era de generación 13, es decir, un mindundi que no tenía mucho sentido. Pero yo se lo di, le hice un background cojonudo y a punto estuve de pagarlo asesinado por mi mejor amigo. Pero, oye, ¿y lo que moló? 
La cuestión es que empecé a escribir la historia del vampiro en cuestión y claro, cuando empezaron a surgir los proyectos de verdad, este proyecto se quedó en nada, a lo mejor algún día lo sigo. Por ahora, os dejo con el principio del background que tampoco hay que pasarse. 


....

Reino de Dàl Riada, s.VI d.C.
Gabhran abrió los ojos cuando los rayos del sol fueron demasiado intensos para seguir durmiendo. Estaba cansado pero, aun así, se sentía como si llevara demasiado tiempo en el reino de los sueños. Tenía la boca pastosa y áspera como si hubiera estado vomitando tras una mala noche de juerga y ahora la resaca hiciera mella en su espíritu, pero no se sentía así. Estaba cansado, estaba dolorido pero no estaba resacoso, aunque no recordaba el momento en el que se había acostado.
Destellos de recuerdos de una cacería matutina acudieron a su mente. Una carrera por el bosque, un ciervo herido que se negaba a darse por vencido, una caída… Las imágenes le asaltaron y Gabhran tuvo que volver a sentarse en la cama cuando se vio atacado por ramas y piedras mientras rodaba barranco abajo.
Se levantó con cuidado y se contempló en el espejo, con miedo de encontrar lo que su reflejo le depararía. Pero ni una sola cicatriz recorría su cuerpo. Ninguna. Sintió de nuevo el dolor punzante de la carne de su mejilla abriéndose, pero no había ninguna marca donde la piedra había golpeado su pómulo. Recordó de nuevo el fuego que se extendió por su pecho desde su costado, allí donde fue ensartado por un tronco muerto.
Cuando la puerta se abrió, su madre en persona apareció ante él con una bandeja en la mano. Su rostro se descompuso al verle de pie y a punto estuvo de dejar caer los platos al suelo. Gabhran los cazó al vuelo, impidiendo que se estrellaran contra el embaldosado.
—Madre, ¿qué sucede? —preguntó, extrañado y sorprendido ante su reacción.
—Nada, nada —dijo ella, agitando sus rizos rojos con su negativa, pero las lágrimas nublaban unos ojos que amenazaban llanto—. ¿Te… te molesta el sol? —preguntó al ver como fruncía el ceño y alzaba la mano.
—Hoy es especialmente molesto —contestó Gabhran encogiéndose de hombros—. Pero no voy a quejarme por un día soleado que tenemos. Madre… he tenido un sueño muy extraño —dijo, porque tenía que haber sido eso, ¿no? Un sueño muy vívido. Recordaba cada uno de los golpes, el dolor que a duras penas le mantenía en la línea de la consciencia, la sensación de asfixia cuando sus pulmones, agujereados, se encharcaban con su propia sangre impidiéndole tomar el aire que necesitaba…
—¿Un sueño…? —repitió ella—. Sí, pesadillas, no debes darle importancia. Pesadillas, sin más.
—¿Cómo sabes que ha sido una pesadilla? —preguntó Gabhran.
—Por… porque estás pálido —dijo—. Come algo y ya verás como te encuentras mucho mejor.
Gabhran metió la cuchara en el tazón de estofado y le dio vueltas con desgana. Sí, un sueño… Tenía hambre, el rugido de su estómago no dejaba lugar a dudas pero, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, aquello que tenía delante no parecía alimento. Se forzó a llevarse una cucharada a la boca, ante la atenta mirada de su madre, e hizo acopio de su voluntad para tragárselo. Tierra, era como comer tierra y su estómago lo rechazó con una arcada. Antes de que pudiera evitarlo, se retorció sobre sí mismo y vomitó todo lo que acababa de ingerir.
—Lo siento —articuló entre balbuceos—. No sé qué…
Su madre se afanó en recogerlo todo, pero al hacerlo, las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—No… no deberías beber tanto —balbuceó—. Luego pasan estas cosas.
—No recuerdo haber bebido —dijo Gabhran, cada vez más seguro de que algo pasaba. Algo que no tenía que ver ni con resacas ni con pesadillas. Algo que agitaba a su madre y arrancaba lágrimas a la mujer de piedra. Agarró sus manos y la obligó a dejar de hacer lo que estaba haciendo—. Es-Estoy bien, madre. No tengo resaca ni… ¿qué está pasando? ¿Por qué lloras?
La mujer le miró a los ojos y le abrazó con fuerza rompiendo en sonoros sollozos.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡No podía dejarte ir! ¡No podía! ¡Perdí a tu padre, no podía perderte también a ti! ¡No me odies, por favor!
—¿Odiarte? ¿Perderme? ¿De qué estás hablando, madre? —preguntó, empezando a asustarse.
—Morbihen —la llamó el abuelo desde la entrada de la habitación, su rostro también tenía cierto color ceniciento y contemplaba al joven como si esperara que le salieran alas y cola en cualquier momento—, estás asustando al chico.
—Abuelo, ¿qué sucede?
—Todo a su tiempo, Gabhran —dijo alzando la mano para tranquilizarle—. Morbihen —repitió—, ha funcionado. Tranquilízate.
—¡No ha funcionado! —protestó ella ahogando los lamentos en su pecho y llenando de lágrimas su camisa de dormir—. ¡Dice que le molesta el sol y está lloviendo! ¡Y no ha podido probar una pizca de comida! ¡No ha funcionado!
—Pero está despierto, de día y no ha calmado su hambre de otra forma. Dale tiempo, todos necesitamos tiempo.
—¿De qué estás hablando? —se asustó Gabhran. Miró por la ventana, y entrecerró los ojos para resistir los rayos del sol, pero sus sospechas se agravaron cuando vio la cúpula plomiza que cubría el cielo. No era un día soleado, pero dolía como uno.
—Morbihen —insistió su abuelo, haciendo que su madre se alejara de él—, deja al chico. Lo que has hecho, hecho está, y todos tendremos que asumir las consecuencias.
—¿Qué sucede, abuelo? ¿Qué es lo que me pasa?
El anciano esbozó un rictus de dolor que ensombreció su rostro.
—Moriste, Gabhran, eso es lo que pasó. Estás muerto.
***
—Había discutido con Madre —recordó con aire ausente y la mirada en algún sitio más allá de la arboleda que rodeaba la pequeña fortaleza—. Me dijo que no saliera de caza, que había visto mi muerte en las ondas del agua y en el baile de las llamas. No la creí, eran… supersticiones. Me dijo que no siguiera al ciervo cojo. Y no lo hice —recordó con amargura—, el ciervo no cojeó hasta después de que mi flecha le hiriera. Pero entonces, ya no era un ciervo cojo, era mi presa y no podía renunciar a ella, ¿verdad? Las lluvias de los últimos días habían provocado un pequeño desprendimiento, nada grave, supongo, si Andalo hubiera ido al paso y no al galope. El suelo cedió y ambos caímos por el barranco. Recuerdo… dolor. Mi rostro, mi brazo… recuerdo el sonido de mi pierna al partirse. Y el cielo gris cuando todo dejó de moverse, justo para darme cuenta de que no podía respirar. Recuerdo que sabía que me estaba muriendo. ¿Qué sucedió tras eso?
—Las ondas del agua dijeron a tu madre dónde encontrarte —dijo su abuelo, y no había rastro de burla en su voz—. Dije a tu madre que tenía que haberte iniciado antes, antes de que sucediera todo. Antes, cuando tu espíritu todavía era maleable, antes de que decidieras seguir los pasos de tu padre y convertirte en señor de hombres.
Señor de hombres… sus aspiraciones ahora no eran más que barro en el camino. Su abuelo se lamentaba de que no hubiera escogido el camino de la sabiduría y hubiera seguido el de la fuerza, pero ahora los había perdido a los dos. Sentía que había decepcionado a tanta gente… Gabhran se mordió el labio inferior para disimular su temblor y agachó la cabeza, avergonzado, para ocultar las lágrimas.
—¿Qué sucedió, abuelo? —insistió. Una parte de él no quería saberlo, no quería saber la clase de maleficio que volvía los muertos a la vida.
—Alimañas —murmuró—. ¿Recuerdas algo de tus enseñanzas cuando aprendías los nombres de los árboles y no los estandartes de las casas que los cortaban? ¿Recuerdas cuando te hablé de los monstruos de la arboleda y los que vivían más allá de ella? —Gabhran asintió, pero la verdad era que no recordaba mucho de aquellos días—. Yo recuerdo haberte hablado de las alimañas que visten la carne de los vivos y llenan su vacío con pedazos robados de las almas de sus presas. Criaturas hermosas y terribles como la noche, seres poderosos que viven allí donde viven aquellos de los que se alimentan. Es difícil encontrarlas lejos de las urbes, y las que encuentras, suelen ser despojos. Seres débiles que escapan de las iras y limpiezas de sus mayores. Cuando su número crece en demasía, se matan entre ellos para no tener que dividir sus presas. Es entonces cuando las pequeñas alimañas aparecen en pueblos como el nuestro. Débiles, famélicos, presas fáciles para cualquiera que no los subestime  y sepa a qué se enfrenta.
»Sabíamos que había una en el pueblo. Día sí y día también las muchachas venían con síntomas de anemia a que tu madre las tratara, aduciendo su debilidad a… problemas femeninos. Pero todas tenían síntomas parecidos, sueños… poco decorosos que recordaban ruborizadas. En su defensa, diré que la inteligente alimaña nunca les hizo nada que ellas no hubieran suplicado primero, aunque fuera mediante sus hechizos demoníacos. No ha habido muertes, y la muerte no puede engendrar muerte, así que… no le dimos importancia. Quizá debimos haberlo hecho. Cuando te trajeron estabas muy malherido —continuó cambiando de tema—. Apenas un hilo de aire se escurría entre tus labios y, aunque usé todos mis conocimientos en sanar tus heridas, estas eran demasiado grandes. Solo era cuestión de tiempo que exhalaras tu último aliento. Tu madre enloqueció de dolor y se marchó. Llegué a pensar que, en su desesperación, había decidido poner fin a su vida. Recé a los dioses porque no fuera así, pero ahora creo que quizá debiera haber rezado por lo contrario. Regresó con la alimaña que seducía a las jóvenes del pueblo y le ordenó que te salvara la vida. La alimaña dijo que lo haría si ella le perdonaba la suya y ella aceptó. Yo me negué —recordó con tristeza—. Intenté hacerle ver que no sería nada más que tu cuerpo lo que viviera después. Solo un muñeco sin vida. Ella y yo discutimos largo y tendido. Durante ese tiempo, mil veces deseé que exhalaras tu último aliento. Le expliqué que, cuando morías, tu… alma saldría despedida en millones de fragmentos que se dispersarían por el mundo. Pero Morbihen siempre había sido una prometedora maga, ideó un plan por el que eso no fuera así. Ancló tu alma a la tierra antes de que la alimaña te salvara. Así que, a diferencia de las otras alimañas que llenan su vacío con los pedazos que extraen de la sangre de sus víctimas, tú tienes un alma pero no está dentro de ti, esta en el suelo que te rodea. Pero eso no cambia lo que eres, Gabhran, estás muerto y no puedes morir.
—No lo entiendo —confesó Gabhran sujetándose la cabeza con las manos. Intentaba recordar las enseñanzas que su abuelo le había brindado cuando era pequeño pero apenas podía acordarse de dragones, nombres de plantas y dioses olvidados.
—Este eres tú —dijo su abuelo alzando un vaso vacío—. Este eras tú lleno de… vida —dijo y rellenó el vaso con agua de la jarra—. Cuando se crea una alimaña, la vida estalla en fragmentos y se dispersa. —El viejo arrojó con violencia el contenido del recipiente que se dispersó por toda la habitación, salpicando las cortinas y la ropa de la cama—. La única forma que una alimaña tiene de seguir moviéndose, es robar la vida de los otros seres. —Su abuelo escupió un par de veces dentro del vaso—. No es vida, pero se le parece. Y con muchos escupitajos puedes llenar un vaso, y seguirá sin ser vida, pero se le parecerá. Con la diferencia de que necesitas que alguien tire escupitajos dentro de vez en cuando. La vida se mantiene a sí misma, este remedo no puede hacerlo. Por eso buscan sangre con tanta ansia.
Gabhran miró con asco el vaso lleno de esputos de viejo y empezó a marearse.
—Pero yo soy diferente —protestó—. Madre hizo algo…  yo no…
—Cierto, en parte —dijo su abuelo con tristeza. Llenó de nuevo el vaso de agua y derramó un poco encima de la mesa—. Te morías —recordó—, perdías tu vida gota a gota. Y lo que hizo tu madre fue recoger cada una de esas gotas y vaciarte por completo. —El anciano vació el contenido del vaso dentro de un plato—. Cuando la alimaña te transformó —dijo y sacudió el vaso vacío. Apenas unas gotas de agua salpicaron a Gabhran—, apenas tenías vida que esparcir. Morbihen la había guardado toda en otro sitio. Lo único que hubo que hacer fue volver a llenarte. Así que estás muerto, pero te han llenado con tu propia vida.
—Entonces… ¡estoy vivo! —exclamó.
—No —negó su abuelo—. Es solo una ilusión. Tu alma se queda en el plato, en esta tierra, allí donde alcanza la arboleda, si te alejas del plato, estarás vacío y tendrás que llenarte de escupitajos de otros para seguir caminando.
—O sea —dijo Gabhran comenzando a entender su situación—. Tengo que escoger entre la vida y la libertad.
—No —negó de nuevo el viejo mago—. No puedes escoger, ninguna de las dos te pertenece.
***
Montañas de legajos viejos se amontonaban delante de él y su abuelo no hacía más que sacar nuevos pergaminos cubiertos de polvo.
—¿Qué se supone que debo hacer con esto? —preguntó Gabhran con voz átona. Llevaba días sin salir de su habitación, demasiado torturado por la sombra de sus sueños desvanecidos como para encontrar fuerzas y presentar batalla a su pesadilla actual. Había rechazado toda la comida que le habían puesto delante. Y no lo había hecho por desgana o inapetencia, se había cansado de vomitar cada bocado que daba y el hambre amenazaba con torturarle de por vida.
—Estudiar —dijo el anciano mago—. Ahora tienes todo el tiempo del mundo y no puedes ir a ninguna parte. Puedes intentar hacer algo útil con tu eternidad. Para empezar, deberías intentar aprender todo lo que puedas sobre lo que eres. Y luego… ya veremos.
—No puedes convertirme en mago —recordó Gabhran—. Es un principio básico: los muertos no pueden manipular la vida. ¿Recuerdas?
—A todos los efectos, mientras permanezca en este castillo, estás vivo. Tienes tu vida al alcance de la mano y tu areté impregna cada piedra. Tenías talento, estúpido chiquillo, y lo malgastaste todo por un montón de sueños de gloria y espadas de madera.
—Los hombres de mi tío vendrán a buscarme antes de que acabe el verano —recordó Gabhran con el ceño fruncido—. ¿Qué pensáis decirles?
—Nada que no les dijéramos ya —respondió el mago—. Mandamos una misiva a los hombres de Aédan informándole de tu desgraciado accidente de caza. Para ellos y para el resto del mundo, Gabhran mac Sétna ha muerto sin descendencia.
—Ojalá hubiera podido…
—Ya ha pasado el tiempo de los lamentos, Gabhran. Tienes la oportunidad que la mayoría de nosotros no nos atrevemos ni a soñar. Tienes el tiempo para estudiar toda la sabiduría que los nuestros han acumulado desde el principio de los tiempos. Pero yo no tengo tanto para enseñártelo, así que… empezaremos cuanto antes.
—¡Y de qué me servirá! —exclamó Gabhran fuera de sí—. ¡Nunca podré hacer nada con lo que aprenda! ¡Nunca! Pasarán los años y tú te irás. ¡Pasarán los siglos y se irán las piedras! Y yo seguiré aquí, solo, hambriento y loco. Pero vivo, eso sí —añadió con sorna—. Estoy… —dudó un momento en si continuar la frase—. Estoy pensando que a lo mejor debería acabar con este estúpido experimento.
—¿Piensas… suicidarte? —Una minúscula pausa entre las palabras fue el único indicio de que al viejo le importara realmente si lo hacía o no. Un silencio que duró una fracción de segundo y que tal vez, estuviera tan solo en su imaginación.
—Quizá… —admitió Gabhran, no era como si no se lo hubiera planteado más de una vez en esos días—. En realidad, estaba pensando en irme y que sea lo que tenga que ser. —Su abuelo no dijo nada. El murmullo del viento fue la única respuesta que recibió—. Podrías fingir que te importa.
—Tienes la oportunidad que yo siempre había soñado —murmuró el anciano mago.
—Lo dudo —replicó Gabhran con desdén.
—No es necesario que empieces por los nombres de las plantas y las piedras —dijo su abuelo—. Podrías descubrir más cosas sobre lo que eres ahora. Quizá encontrarás una forma de dejar de pasar hambre, de comer comida normal o… quizá una cura.
—¿Una cura? —repitió.
—Tienes mucho tiempo para intentarlo —le recordó—. Pero quizá podías comenzar con encontrar algo para aliviar tu hambre.
—El hambre no me matará —dijo Gabhran con una mueca—. Llevo cuatro días sin comer ni beber y no me siento débil solo… hambriento y sediento. Es… molesto y doloroso, pero no mortal.
—Por ahora —admitió su abuelo—, pero irá a peor y puede que…
—¿Por qué tengo hambre, abuelo? —preguntó—. Se supone que mi vida está en el plato. Se supone que no necesito esputos de viejo. ¿Por qué tengo tanta hambre?
El anciano se encogió de hombros y señaló la montaña de legajos.
—No lo sé —confesó—. Quizá no estés completamente lleno de vida, o quizá es tu nueva naturaleza que te empuja a buscar sangre aunque no la necesites. No lo sé, pero la respuesta puede que esté en algún lugar de todo esto.
—Sangre… —Gabhran había intentado no pronunciar esa palabra en voz alta. Por supuesto, sabía de qué se alimentaban los suyos. «Los míos… esa es buena»—. La sangre me repugna —dijo, recordando que antes ni siquiera era capaz de comer carne poco hecha.
—Supongo que tus dos naturalezas se pelean entre sí. Esto es nuevo para todos, Gabhran. Nunca antes ha habido nadie como tú. Hemos puesto patas arriba el orden natural para esquivar a la muerte. Y todavía no hemos pagado el precio por ello. Ningún acto queda sin consecuencia —recordó el viejo mago—. Solo espero que cuando llegue el momento de pagar, seamos capaces de asumir el coste.



Hasta aquí lo que tenía de la versión novelizada del background. Como mínimo era original, ¿no? Pero bueno, la historia permanece allí y algún día será escrita. 

martes, 21 de mayo de 2013

Planes B y otras noticias


Noticias y tonterías varias: y van... No sé, ya he perdido la cuenta.
Alguna vez haré alguna entrada de verdad, lo prometo. Por ahora, un montón de noticias, algunas más interesantes que otras. ;)

Planes B
Me han seleccionado un relato para la antología Steampunk de temática Gaslamp de Planes B. Para los que no sepan qué es eso del Steampunk... bueno, básicamente es un retrofuturismo que implica hacer ciencia-ficción basada en la tecnología de vapor y normalmente ambientada en una época de estética y costumbres victorianas. Por decirlo de alguna forma, el Steampunk es a la época victoriana como la Edad Media a la Fantasía Épica; hay autores para todos los gustos, unos más fieles que otros, unos con magia, otros sin ella, etc. En esta convocatoria en concreto, hablaban de Gaslamp, que básicamente implica Steampunk y su mezcla con la fantasía así que la carga fantástica o mágica del asunto debía de ser importante.
Pero... ¿cómo se pueden mezclar magia y tecnología en un ambiente victoriano (o pseudovictoriano) de forma coherente?
Bueno, yo ya lo había hecho casi sin darme cuenta cuando empecé con el mundo de Rubí. En el relato original (que podéis leer aquí) apenas se aprecia la ambientación (cuestión de espacio), no así en la novela, donde la tecnología tiene un papel muy importante ya que se presenta como una alternativa sólida a los vincios. Y ese es uno de los ejes tanto de la novela como del relato que presenté y fue seleccionado para la antología.
Allí hago un spin-off precuela de uno de los personajes, Vaio, el vincio de aire; e incluso sale Kobe, en uno de sus primeros casos. Hasta hay un pequeño (diminuto) homenaje a Rubí. Un resumen de un par de líneas:
Un nuevo invento, el dirigible, parece destinado a romper el monopolio de los barcos voladores conducidos por los vincios del aire. Vaio solo quiere volar y que le dejen tranquilo. Pero, sin saberlo, se verá implicado en una lucha de poderes entre su pasado, su presente, y el posible futuro de todos los suyos.
«El aparato era impresionante. Tenía un diseño extraño que fascinaba y horrorizaba por igual. Por supuesto, no tenía ni punto de comparación con un barco volador con sus velas henchidas de viento, pero tenía un porte majestuoso que resultaba seductor. Si un barco volador tenía la gracia y la agilidad de un delfín, un dirigible tenía la presencia solemne y fastuosa de una gigantesca ballena que se mantenía en el aire sin aparente esfuerzo».

«Cerró los ojos y llamó a los vientos para que le llevaran a su adorado cielo. «Nunca podrán quitármelo», se dijo, mientras se alejaba de la azotea y se elevaba sobre el gentío buscando las nubes. Más alto, más lejos, hasta que sus problemas fueran del tamaño de las hormigas. Hasta donde el aire faltara y pudiera decir que era eso y no las lágrimas contenidas lo que agitaba su pecho. Y cuando llegó allí arriba se detuvo y contempló el mundo a sus pies. Y supo a ciencia cierta que había hecho lo correcto. Él había nacido para volar.»
Fragmentos de No podrán quitarme el cielo por Diana Muñiz

La verdad es que me encanta este mundo, hasta he hecho mapas y esas cosas. Sí, podían quedar mejor, pero por ahora solo sirven para que yo me oriente. Como ya he dicho en alguna ocasión, tengo la novela de Rubí completamente esquematizada, se supone que debería ser fácil rellenar y rellenar pero nunca tengo tiempo de ponerme con ella. L
Pero me puse con su continuación.
Sí, sóc un cas com un cabàs :P Acabé la primera parte, a ver si me pongo con la segunda. O con la anterior... será por proyectos.

Grupo de Facebook
La verdad es que primero he pensado en publicar con el apabullante pseudónimo de Bry, vamos, como me llama todo el mundo. Ahora no creo que lo haga, porque sería un poco ridículo ponerme un pseudónimo y que to quisqui sepa quién soy. Además, qué demonios, soy yo la que escribe, ¿no?
Luego pensé en hacerme un perfil de Facebook para mi perfil de escritora y así separar esta faceta de mi vida privada. Porque, seamos sinceros, a muchos se la trae floja lo que publico o mis problemas con la novela, o que he acabado un relato... Bueno, no creo que a la mayoría de los que me conocen como escritora les interese tampoco pero... a veces me apetece contar cosas, aunque nadie me escuche.
La cuestión es que he creado un grupo de Facebook,Bry, al que podéis uniros aquí. Allí haré mis declaraciones literarias, pondré fotos molonas para que os hagáis ideas, y relatos, colgaré relatos. També pondré noticias y actualizaciones de los blogs. Puede que al principio me repita un poco por los dos perfiles, pero la idea es acabar haciéndolo solo en la página de escritora. Actualmente hay un par de relatos de las crónicas y mi avatar es Zero (más mono ^_^), la imagen de fondo es Galileo (o una ciudad futurista al azar :P ).



El Otro blog
Pues eso, he actualizado el blog de las Crónicas de Eos con algo de información sobre el sistema, en concreto, explico lo que es La Fractura. También hago un llamamiento a que comentéis qué tema os apetece que profundice en las siguientes entradas. Supongo que con el grupo lo iré actualizando más a menudo, me he propuesto que tenga algo de vidilla pero ya sabemos lo buena que soy yo cumpliendo propósitos.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Las Crónica de Eos


Han pasado 342 años desde la Fractura... desde que se cerró el Puente que unía el Sistema Eos con el Sistema Solar. Al otro lado quedaron la cuna de la humanidad y los grandes creadores.
El nuevo sistema es una colección de mundos en vías de colonización, gobernados por corporaciones comerciales dispuestas a todo por el dinero y el poder.

Siempre han dicho que Julio Santacana, el capitán de la Valkiria, no es un tipo con suerte. Cuando tras años de no hablarse con su progenitor, circunstancias de la vida le llevan a ocuparse de la empresa familiar, descubrirá que la pequeña empresa de transportes viene con mercancía incluida: su familia al completo.

Las Crónicas de Eos es mi primera novela. Una Space Opera que promete engancharte de principio a fin.
Como pequeño adelanto, un relato basado en el mismo universo y con varios de sus personajes. Escrito previamente al argumento principal con la idea original de formar parte de la misma línea temporal. Pero azares de la vida y de la historia, al final ha sido imposible encajarlo dentro del continuo.

Con vosotros: De Ceniza Y Sangre

Y aquí, en ISSU


martes, 15 de junio de 2010

Cadena de Condena


El fin de semana pasado, fue la Rising Con, la convención de Supernatural, donde pude dar rienda suelta a mi fan girl interior (mentira cochina, fui una fangirl de incógnito que una tiene mucha clase y unos años). A parte de pasármelo en grande con los actores (no seáis mal pensados), tuve la oportunidad de compartir la experiencia con gente fantástica a la que sólo conocía por los foros.
Y os preguntaréis de qué demonios os está hablando esta tía ahora. ¿Éste no era un foro de literatura?
Todo a su debido tiempo.
Resulta que en la convención, había un concurso de Fanfics (esos cuentos basados en un escenario o unos personajes ya existentes) y yo escribí uno.
Supernatural, por si alguien no lo sabe, va (resumiendo muy mucho) de dos hermanos que conducen por los USA "salvando gente, matando monstruos: el negocio familiar". En este caso, el de mi fanfic, se topan con el típico y tópico caso de la cadena de cartas malditas. Y hasta aquí puedo leer...
El concurso lo ganó una chica de la organización. Os dejo que elaboréis teorías conspiratorias.
Aprovecho la ocasión para presentar el ISSUU, una cosa muy mona que sirve para leer en el ordenador de forma cómoda. Eso sí, yo me he liado con el Word de Mac para configurar la página y no ha quedado todo lo bien que debería, intentaré arreglarlo en breve.
Sin más preámbulos, os dejo con

miércoles, 1 de julio de 2009

Amanda

Otro pequeño ejercicio de escritura automática. Un pequeño desastre. Si entras por primera vez visita el resto de la página, te prometo que encontrarás cosas mejores.

Amanda

Gotas de lluvia resbalaban por el cristal. A fuera, ya era de noche. La luces desfiguradas reflejadas por los charcos, el humo de las calefacciones y el sonido lejano del tráfico conferían un aire tétrico al callejón. Un gato maullaba entre los contenedores de basuras, disputando la cena con una rata.
Josh no apartaba la vista de la ventana pero sus pensamientos volaban mucho más lejos de la noche tormentosa en un hotel de mala muerte. Recordaba otros tiempos: el sol en el cielo, la brisa en la cara, las olas del mar. Una lágrima furtiva se perdió mejilla abajo mientras acariciaba el frío cañón de una pistola.
— ¡Mujeres! —había dicho su padre tiempo atrás—. No puedes vivir con ellas y no puedes vivir sin ellas.
¡Cuánta sabiduría contenida en una simple frase! ¿Acaso había una forma mejor de definir su situación? No había podido vivir con ella y ahora sentía que moría. En realidad, ya estaba muerto, la pistola era un simple trámite.
[i]All you need is love[/i], insistía la radio en la habitación de al lado. Josh no pudo evitar sonreír al escucharla. El destino tenía un macabro sentido del humor.
— El amor no es suficiente —dijo Josh a su reflejo en el cristal—, nada es suficiente si lo quieres todo.

Y Amanda lo quería todo. Cuando la conoció, su belleza eclipsó la luz del sol. Era hermosa y lo sabía, pero necesitaba que el mundo lo supiera. Y él tan sólo quería que fuera feliz. Le construyó la casa de sus sueños al lado el mar, cubrió su cuerpo escultural con vestidos de diseños y le concedió hasta el más pequeño de sus caprichos, joyas, coches... Todo era poco para Amanda. Y ella le quería. ¡Oh, sí! De eso no cabía duda, le amaba y le deseaba pero no más de lo que se amaba y se deseaba a sí misma. Pronto empezó a pedir imposibles y Josh removió cielo y tierra para conseguirlos.
Un día, pidió una estrella del cielo. Josh tardó, pero regresó con un pequeño colgante engarzado en plata que brillaba como el lucero del alba. Venus no volvió a salir ni al amanecer ni al atardecer. Amanda se lo agradeció con una noche de sexo y pasión desbordados como nunca había vivido. ¿Qué importaba una maldita estrella a cambio de aquello? Si le hubiera pedido el sol el mundo hubiera vivido en tinieblas pero él sería feliz.
No le pidió el sol, pero no tardó en pedirle que detuviera el tiempo para ella. Así nunca envejecería, siempre sería la hermosa joven que le colmaba de atenciones y calmaba su hambre cada noche. Pero Josh sólo tenía un alma que vender y la suya estaba hipotecada. Pero Amanda fruncía el ceño y empezó a mostrarse arisca con él y más amable con los otros de su clase, estudiando sus posibilidades, acechando a quién le pudiera conceder su siguiente deseo. Josh no podía permitirlo, la necesitaba demasiado, las noches sin ella se convertían en húmedas pesadillas de deseo y frustración. Si no le quedaba alma tendría que conseguir otra.
Robó la de un niño, un carterista, las almas infantiles eran muy valoradas. Conseguiría un buen trato por ella. Y el cadáver de un mendigo causaría más pena que revuelo.
Y volvió a casa, con Amanda, y le dijo que sí, que haría lo que ella quería, pararía su tiempo, nunca más volvería a envejecer. Ella estaba radiante de felicidad, y lo demostró a su manera, como siempre hacía. Las noches de abstinencia habían avivado el deseo de Josh que arrancó su ropa de cuajo sin importarle el dinero que había costado y la penetró allí mismo, sin llegar al dormitorio, sin quitarse los pantalones, sin importarle siquiera la presencia de la doncella que miraba sin saber qué hacer.
— ¡Hazlo! —gritó ella en el momento álgido— ¡Dámelo todo! ¡Para el tiempo para mí!

Mucho ha llovido desde entonces. Josh se separó de la ventana sin dejar de acariciar la pistola. Se acercó a la cama. Estaba ocupada por una figura inmóvil que le esperaba en una curiosa postura. Allí estaba Amanda, su Amanda. Parecía disfrutar, tenía los ojos cerrados y la boca abierta con la sombra del orgasmo permanentemente dibujada en su rostro. Nunca envejecería, nunca moriría, el tiempo no trascurriría para ella, sería siempre joven, siempre hermosa y siempre suya. Una preciosa muñeca inalterable para toda la eternidad. Era lo que ella deseaba. Josh la besó y acarició sus pechos, sin dejar de llorar. Se le pasó por la cabeza hacer el amor una última vez, estaba en una posición perfecta para ello pero ya lo había hecho con anterioridad y sólo había encontrado frialdad, le faltaba su fuego, la pasión. era como una de esas muñequitas de Sex Shop. Tenía su cuerpo pero ya no era su Amanda. La había perdido, hasta que el tiempo dejara de existir y él no podía esperar más.

A fuera, era noche cerrada, había dejado de llover. La luces desfiguradas reflejadas por los charcos, el humo de las calefacciones y el sonido lejano del tráfico conferían un aire tétrico al callejón. Un gato maullaba entre los contenedores de basuras, disputando la cena con una rata, salió corriendo cuando escuchó el sonido de un disparo.









domingo, 17 de mayo de 2009

El Cazador de Arañas

Este relato corto fue mi desastrosa participación en el certamen Calabazas en el Desván. Como os podéis imaginar, me dieron calabazas.





El Cazador de Arañas


Matías era uno de esos chicos que, sin pretenderlo, llevaban colgado el cartel de “Pégame una patada en el culo”. Más bien bajo y delgaducho, con enormes gafas de pasta y dientes de conejo, era un chaval solitario, o, si no lo era, siempre estaba solo. Se quedaba sentado en el escalón de su casa, leyendo cómics, mientras los otros cuatro muchachos del pueblo jugaban a la pelota en la misma plaza. A mí me daba pena, era un poco raro pero no por ello me parecía bien que los otros chicos le hicieran el blanco de sus bromas. Después de todo, en el pueblo éramos pocos y todos nos conocíamos desde pequeños.
Era una tarde de Agosto, el verano casi había acabado y ya pronto volveríamos a casa y no nos veríamos hasta el año que siguiente. Recuerdo que soplaba un aire fresco y el cielo empezaba a encapotarse. Nosotros regresábamos del río, mojados, sin más ropa que el bañador y una toalla sobre los hombros. Alguien explicaba alguna historia absurda y nos estábamos riendo cuando nos cruzamos con Matías. Éste iba vestido con un chaleco caqui repleto de bolsillos, llenos a su vez de incontables botecitos de cristal. Además, iba cargado con un par de grandes libros. Alguno de los chicos hizo una broma estúpida sobre un gran cazador que se iba de safari y todos se rieron. Todavía no sé cuál fue el que le hizo la zancadilla. Matías cayó de bruces, perdió sus gafas y los libros aterrizaron a un par de metros con las hojas abiertas mientras un montón de botes de cristal se desperdigaban por el suelo. Ellos siguieron caminando como si nada, apenas si dedicaron algún comentario despectivo al chaval arrodillado en el suelo. Les vi alejarse y decidí quedarme.
- “Guía de Campo de Arañas y Ciempiés” - leí en voz alta mientas recogía uno de los libros del suelo. - Odio las arañas, no me gustan los insectos. - dije, y era verdad.
- Bueno, - dijo él, - las arañas no son insectos, - creo que mi cara debía reflejar algún tipo de interrogante porque se apresuró a explicarse sin dejar de recoger los botes que rodaban a su alrededor,- los insectos tienen seis patas.
- Vaya, - dije sonriendo, - sabes mucho sobre arañas.
- Me encantan, - dijo con entusiasmo- son unos animales fascinantes. ¿Sabías que sus telas son más resistentes que un cable de acero? Y cazan presas que son mucho mayores que ellas, en Sudamérica hay una araña que caza gallinas y otras cazan ratones. Y hay unas que te inyectan un veneno que empieza a digerirte poco a poco y luego ellas absorben los líquidos que se forman. Pero,- se apresuró a añadir al ver la expresión de mi cara,- las de aquí no. Las de aquí apenas pican. De verdad.
- Fascinantes.- repetí yo sarcásticamente. - Toma tus gafas, creo que se te han roto. - todavía conservaban los cristales pero una patilla se había partido por la mitad.
- Al menos puedo ver.- dijo poniéndoselas encima de la nariz. Apenas lo hubo dicho, las gafas resbalaron y quedaron torcidas.
- Espera, creo que puedo ayudarte.- mi bañador no tenía bolsillos pero yo llevaba un pequeño monedero negro, propaganda de algún bar que no recordaba, en cuyo interior había un par de euros en monedas pequeñas, las llaves de casa y dos tiritas azules con dibujos de delfines. Sólo hacía un par de días que me había comprado las sandalias y me hacían ampollas en el talón, así que, en un derroche de previsión poco habitual en mí, había hecho acopio de tiritas. Cogí una de ellas y la enganché alrededor de la patilla rota de la gafa. Todavía se movía un poco y había quedado un poco torcida, pero al menos las gafas no se le caerían.
- ¡Gracias! Me servirá hasta que vuelva de mi excursión. Voy a cazar arañas. ¿Quieres venir?
- No, gracias,- dije,- pero espero que caces muchas. Aunque yo que tú no iría muy lejos, creo que va a llover.
Se despidió con la mano mientras se alejaba por el camino.




Llevaba cuatro días lloviendo sin parar, cuatro días desde que Matías había abandonado su casa para ir a buscar arañas, cuatro días desde que me despedí de él en el camino al río y cuatro días desde que desapareció sin dejar rastro. Yo estaba sentada en el alféizar de la ventana, viendo como las gotas de lluvia dibujaban senderos en el cristal pero mis pensamientos volaban hacia Matías y aquella última conversación que habíamos mantenido.
-No vayas muy lejos. – murmuré en voz baja recordando el consejo que le había dado antes de que se marchara y que indudablemente no había seguido. Esos cuatro días se habían sucedido las partidas de búsqueda. Los escasos vecinos que quedaban a esas alturas de verano, se habían unido y, mientras unos peinaban el bosque bajo la inclemente lluvia, otros arropaban a la familia, que como era habitual en esta difícil situación, estaban destrozados. A mí se me encogía el corazón y los ojos se me anegaban cuando recordaba el llanto desconsolado de su madre. Miré distraídamente hacia el río, todavía esperaba verlo aparecer con sus botes de cristal llenos de arañas y las gafas remendadas con mi tirita de delfines, pero por el camino sólo venía uno de los equipos de búsqueda y a juzgar por la expresión de sus caras, no habían encontrado nada. Una parte de mí se alegró por ello, después de todo, conforme pasaba el tiempo las únicas noticias que se esperaban no traían consigo ninguna esperanza.
Una pequeña araña apareció colgando de un hilo invisible. Soplé con suavidad para evitar que cayera encima de mi pierna y el animalito se debatió enérgicamente con sus ocho patas para acabar asiéndose a la pared. No son insectos, los insectos tienen seis patas. Sonreí al recordar las palabras de Matías aunque también me estremecí. Hay arañas que cazan presas que son mucho mayores que ellas. Aunque dudaba de que esa diminuta araña negra fuera capaz de hacer daño a alguien que no fuera un mosquito.
El timbre de la puerta me sacó de mi ensoñación. No había nadie más en casa, mi madre estaba en casa de Matías consolando a su madre y mi padre debía de estar todavía en el monte ya que no formaba parte del grupo que acaba de llegar al pueblo. Era la policía y quería hablar conmigo, otra vez. Se trataba de dos agentes del pueblo vecino, un pueblo no mucho mayor que el mío, supongo que el caso todavía no había adquirido el suficiente cariz mediático para atraer a personal más cualificado. Seguramente se debía a que creían que Matías se había escapado de casa ya que la relación con sus padres, y con el resto del mundo, no era muy buena y, según ellos, era un hecho habitual en muchachos de su edad. Había sido la insistencia de los vecinos y de la familia lo que hacía que el caso se mantuviera abierto a pesar de la indiferencia de las autoridades locales. Todas las pesquisas habían resultado infructuosas así que ahora intentaban una nueva estrategia: al parecer, yo había sido la última persona en hablar con Matías así que querían reconstruir los pasos del chico desde lo último que sabían de él, la conversación que habíamos mantenido. Por supuesto accedí en seguida. Como todo el mundo deseaba fervientemente hallar a Matías o cualquier indicio que nos hiciera pensar que estaba bien, que efectivamente, como creían los agentes, se había marchado de casa por su propio pie y volvería en unos días tras haber vivido la aventura de su vida. Corriendo, me puse las botas de montaña y el chubasquero naranja encima de mis pantalones cortos y mi camiseta de tirantes y acompañé a los agentes al sitio exacto donde Matías y yo habíamos mantenido la última conversación. Al verme salir de casa escoltada por la policía, uno a uno, los vecinos iban abandonando las suyas y me seguían como las ratas al flautista. Al advertir la creciente comitiva, me puse colorada por la vergüenza. No creía que fuera a pasar nada importante, después de todo, qué podía aportar que no hubiera dicho ya.
Cuando llegamos al punto en cuestión, el camino de tierra y grava que llevaba al río se había convertido en un lodazal. Yo repetí mi historia por enésima vez en voz alta, expliqué que se había caído, aunque omití que había sido por una zancadilla, expliqué que se le habían caído las cosas y que yo le ayudé a recogerlas. Expliqué que se le habían roto las gafas y que había intentado arreglárselas con una tirita. Incluso expliqué por encima la conversación sobre las arañas y señalé con el brazo la dirección que tomó para, según sus propias palabras, ir a cazar arañas.
- Su tío es entomólogo.- dijo la madre de Matías con la voz quebrada por el llanto, se había unido a la comitiva y se mantenía entre sollozos ayudada por mi madre que me escrutaba con mirada inquisidora. – Le regaló un par de libros de bichejos y botecitos para recogerlos, ¡cómo si a alguien le fueran a gustar los bichos! ¡Hasta que él no llegó mi Matías no sabía ni qué era una araña! ¡Todo esto es culpa suya!
“Podría ser”, pensé yo. “Después de todo, cuántos niños de doce años se van a cazar arañas.” Suspiré y seguí caminando en dirección al río. Los agentes se quedaron rezagados, buscando entre las matas alguna pista que hubiera pasado inadvertida. Pero era inútil. Las huellas que hubieran podido dejar habían desaparecido tras cuatro días de incesantes lluvias. La gente del pueblo murmuraba detrás de mí, creo que ni siquiera se habían dado cuenta de que yo ya había comenzado a caminar. Intentaba pensar, actuar como Matías. Matías había ido en busca de arañas así que: ¿dónde se iría alguien a buscar arañas? ¿Dónde viven las arañas? Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de las enormes telarañas que se formaban en mi desván, por mucho que mi madre las limpiara enseguida volvían a estar allí. Pero no creía que Matías estuviera buscando ese tipo de arañas. No, Matías se había ido en dirección al bosque. A veces, paseando por el bosque me había encontrado telas de araña colgadas entre las ramas de los arbustos, normalmente, con una amenazante araña amarilla en el centro. Hay arañas que cazan presas que son mucho mayores que ellas. Las palabras de Matías me sacudieron de nuevo, rechacé la terrorífica idea que se había formado en mi mente. Según él mismo, las de aquí no hacían eso. ¿Verdad?
El camino que llevaba al río estaba franqueado por un talud de tierra por el que asomaban las raíces de los árboles y de las plantas que crecían en la montaña. Las raíces tenían tonos verdes y amarillos y se mezclaban con pequeñas y numerosas telarañas que se mantenían incólumes a pesar de la lluvia, resguardadas en las oquedades del terreno. Allí había arañas, aunque en ese momento no viera ninguna. Seguramente Matías había intentado cazar en esa pared pero ahora no había ningún rastro de él. Seguí caminando con la vista fija en el talud, como si eso me pudiera ayudar a encontrarlo, no sé cuánto tiempo caminé perdida en mis pensamientos hasta que vi la primera araña, debió de ser bastante porque ya había cruzado el río y volvía a tener una multitud detrás de mí que me seguía como si tuviera alguna idea de lo que hacía. Alguien me preguntó qué estaba buscando, y yo le contesté que arañas. Debió de parecerle algo lógico porque su rostro se iluminó como si hubiera respondido un acertijo y no volvieron a preguntarme.
Alguien gritó desde la maleza, habían encontrado algo pero por sus gritos no era a Matías. Al parecer era un animal muerto. El perro del párroco del pueblo que había desaparecido también un par de días antes, se trataba de un enorme pastor alemán que respondía al nombre de Chucho. La placa del cuello indicaba que, efectivamente, se trataba de Chucho pero el animal estaba consumido, tan sólo quedaban de él la piel y los huesos y, si no hubiera sido por la placa, nadie hubiera dicho nunca que se trataba del mismo perro que todos habían visto alguna vez correteando por las calles y persiguiendo coches. Uno de los vecinos me advirtió que no me acercara pero no le hice caso. No tenía que haber mirado pero mi curiosidad era más fuerte que yo. Me arrepentí enseguida de haberlo hecho. Pensé que iba a vomitar pero en el último momento, en un alarde de autocontrol, fui capaz de contenerme. Intenté olvidarme de Chucho. Intenté olvidarme de las arañas que había visto recorriendo el cadáver. Intenté olvidar el escalofrío que recorría mi espalda y, sobretodo, intenté olvidar las palabras de Matías que se repetían como un bucle en mi cabeza: Hay arañas que cazan presas que son mucho mayores que ellas.
Regresé al camino e intenté recordar lo que estaba haciendo antes de la aparición del perro. Estaba buscando arañas. Arañas, ¿a quién se le ocurre buscar arañas? Caminé alejándome del pueblo, apenas habíamos recorrido un kilómetro, si Matías hubiera estado tan cerca alguien le hubiera visto, ¿o no?

Fue entonces cuando las vi. Vi arañas, arañas pequeñas y negras que se movían zigzagueando en una misma dirección, como un reguero de hormigas. De nuevo, un escalofrío recorrió mi espalda y lamenté no haber perdido unos minutos en buscar una chaqueta antes de salir de casa. ¿De dónde venían todas esas arañas? La respuesta a mi pregunta estaba unos metros más adelante, debía de ser la madriguera de un tejón o algo así ya era un agujero grande y profundo del que no se veía el final. Una enorme boca negra que se abría en la pared apenas visible ya que estaba ocultado tras las ramas de un arbusto y medio camuflado por las raíces que colgaban del techo. Enormes telarañas, mayores de las que se formaban en mi desván, tapizaban sus paredes pero parecía que algo, o alguien, las había estropeado. Quizás el tejón o le animal que allí viviera había vuelto. Quizás algún perro se había metido buscando ratones. Ese último pensamiento fue una mala idea, intenté sin remedio descartar la imagen del perro del párroco completamente seco. Nadie en sus cabales se adentraría en un sitio así pero algo me decía que Matías lo había hecho.
- Creo que está ahí. - dije con voz trémula. Los vecinos me miraron extrañados. No podía explicar por qué pero estaba segura de ello. Cientos de pequeñas arañas negras salían del agujero, muchas más que la pequeña hilera que había estado siguiendo. Me fijé en algo que brillaba en la oscuridad, contuve la respiración y metí la mano en el agujero intentando con todas mis fuerzas ignorar a las arañas. Notaba las gotas de sudor frío en mi frente confundiéndose con la lluvia, estaba temblando y no era de frío. No necesitaba ver películas para esperar que cualquier cosa surgiera y me mordiera la mano. Nada pasó. Palpé la superficie arenosa hasta que mis dedos toparon con un objeto duro. Antes de sacarlo ya sabía que era: unas gafas de pasta con una tirita azul con delfines dibujados.
Creo que fue en ese momento cuando comencé a llorar desconsoladamente. Me doblé sobre mí misma sollozando, agarrando las gafas con fuerza. Estaba aterrada porque sabía que él estaba ahí dentro pero... ¿cómo había entrado allí? ¿Por qué lo había hecho? Por mucho que me imaginara nada podía prepararme para lo pasó a continuación. Un par de hombres me apartaron con brusquedad y uno de ellos cogió una linterna y se introdujo en la cavidad hasta la cintura ignorando los centenares de arañas que se apresuraban a abandonar el agujero. Luego, el hombre salió bruscamente, se echó a un lado y empezó a vomitar. Alguien gritó, puede que fuera yo, en el agujero, estaba el cuerpo de Matías, con el rostro consumido, contraído en una mueca de terror y sus ojos inertes abiertos de par en par. De su boca salía un río interminable de arañas.
Hay arañas que cazan presas que son mucho mayores que ellas.